jueves, 6 de abril de 2017

1. Qué es la Vocación ¿DÓNDE PODRÉ SERVIR YO MÁS Y MEJOR?

LA VOCACIÓN CRISTIANA  ¿DÓNDE PODRÉ SERVIR YO MÁS Y MEJOR?

¿Qué es la vocación cristiana?

Decimos vocación cristiana para no perder de vista la perspectiva desde la que hablamos, es decir, la vocación que todo cristiano tiene en cuanto cristiano. Porque es evidente que un cristiano no puede decidir su vocación al margen de su fe, si es coherente consigo mismo. 

 En primer lugar, hay que desechar toda idea que nos haga identificar la palabra vocación sólo con sacerdocio o vida religiosa. Estas son unas vocaciones cristianas concretas, unas entre otras. Pero cualquier otra vocación debe ser tan cristiana como éstas. Es preciso afirmar enseguida: todos tenemos una vocación. Todos. Porque ante Dios no somos una masa anónima, un rebaño. Dios nos conoce y ama a todos y a cada uno personalmente. Cada uno de nosotros somos originales e irrepetibles ante Dios. Nadie ha venido al mundo sin que Dios no le haya amado desde la eternidad, aunque nosotros podamos ver las complicidades del azar y la causalidad. Él ve más allá. 

 Dios no sólo tiene una voluntad general para toda la humanidad sino una voluntad y un proyecto para cada uno de nosotros. Para ti, también. Entonces es capital preguntarse: ¿Qué quiere Dios de mí? ¿Qué estará queriendo de mí? Señor ¿Qué quieres que haga?  Para explicarnos una especie de teología sencilla de la vocación cristiana podríamos decir: Dios tiene un plan con muchos puestos de servicio, entre todos esos hay uno para mí, y ésa es mi vocación

 Dios tiene un plan. Es decir, que el nuestro no es un Dios que crea el mundo y lo echa a rodar desentendiéndose de él. No. Dios tiene un proyecto, un designio. Quiere algo. Proyecta algo. Quiere que el mundo y el hombre triunfen, que lleguen a la salvación. Y la salvación del hombre y del mundo están, según Dios, en el compromiso del hombre; en la construcción del Reino de Dios, en esa lucha por sus valores el hombre se realiza a sí mismo y llega, con la gracia benevolente de Dios, al definitivo y trascendente Reino de Dios. 

 Pero para que ese Reino se vaya construyendo hacen falta muchas cosas, hace falta poner en juego muchos resortes. En la ejecución del plan, del proyecto de Dios, Dios ha pensado que hay muchos puestos. Son puestos de trabajo para construir y hacer realidad el Reinado de Dios. 

 Entre todos esos puestos de servicio a la causa que es preciso poner en marcha, hay uno para mí, uno para ti. Entiéndelo bien: hay un sitio para ti no sólo en el sentido de que la causa necesita que muchos arrimen el hombro y es tan grande que hay sitio para todos, sino en el sentido de que Dios tiene pensado para ti en concreto un puesto dentro de todos esos. Dios ha pensado en un sitio concreto para mí y me ha creado pensando en un puesto. 

 Ese puesto que Dios tiene pensado para mí, esa es mi vocación. Por tanto, la vocación es una llamada que Dios me hace a participar y colaborar y luchar dentro de ese proyecto suyo que es el Reino de Dios. Todo ese proyecto del Reino de Dios, se puede resumir, como dijo Jesús, en una palabra, en un programa: el amor. Y en ese plan de Dios se colabora y se participa y se lucha por amor, es decir, dando, dándose, dando la vida, entregándola a Dios y a su Reino. ¿Para qué sirve la vida si no es para entregarla por amor? 

 Ya lo dijo Jesús: el que se guarde su vida egoístamente para sí mismo, para sus mezquinos proyectos individuales, negándose a entregar su vida a la construcción del Reino, ese se pierde, malogra su vida, la malversa, la destruye. Y por el contrario, el que comprende que lo que es realmente valioso es dar la vida a Dios y por Dios, por su Reinado, aunque parezca que pierde su vida, no es así, la está ganando.  

 Pero claro, el amor de que habla Jesús no tiene nada que ver con un sentimiento romántico, con una nostalgia afectiva inoperante. El amor, para Jesús, es algo muy concreto, muy comprometido, muy real, muy verificable, diríamos: Amaos los unos a los otros, como yo os he amado. Y añadió, “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por el amigo”. Jesús era concreto y realista. Y podía decir esas cosas porque él fue el primero en hacerlo. Él fue el hombre-para-los-demás. No dio su vida sólo en la cruz: la dio desde el principio hasta el final. Y nos dijo que no cayéramos en ilusiones: “no todo el que dice Señor, Señor, entrará en el Reino de Dios, sino el que hace la voluntad de mi Padre”. El amor de Jesús fundamentalmente no se siente, sino que se hace, hay que hacerlo realidad, hay que vivirlo y practicarlo. 

Para decirlo con otras palabras, amar para Jesús es servir. El que se queda sólo en sentimientos y no sirve, no vale. No vale, porque no sirve. El amor que habla y teoriza mucho, pero no da la vida no es el amor de Jesús, no es el amor cristiano.  

 Saquemos pues algunas consecuencias: 

 La vocación cristiana no es una cuestión de gusto 

 En principio, es ya claro que la vocación no se plantea en función de mi gusto; lo que más me gusta, lo que más me va, lo que más me agrada, lo que es más fácil, lo más atractivo… No está en función de ese gusto, porque en él van mezclados otros valores que de hecho hacen la competencia a Dios y Dios ya no sería en ese caso para mí el valor fundamental, total y exclusivo… Me estaría guiando más bien por mi egoísmo. Estaría doblegando mi vida a los imperativos de la comodidad, del agrado, de lo fácil, de lo atractivo, de… mi “gusto”, en una palabra. 

 Dios me puede pedir (y lo más normal y frecuente será esto) algo que no es lo que, miradas las cosas al margen de la fe, me gusta más, me va mejor, me es más cómodo… Hemos dicho que la llamada de Dios nos invita a amar, a dar la vida, a servir, y eso exige esfuerzo y sacrificio. No es fácil amar, dar la vida. No es cómodo, ni agradable, ni rentable, ni muchas veces atractivo siquiera. Siempre nos gusta más lo cómodo, lo fácil, lo rentable, lo atractivo. Siempre habrá, pues, cosas que me gusten más que aquello a lo que Dios me llama, porque Dios me llama a algo valioso, y lo que vale, cuesta. 

 Basta que pienses que los puestos de más radical y generoso servicio exigen casi siempre renunciar a cosas muy entrañables y muy queridas que a todos nos gustan, pero cosas que al fin y al cabo atan, limitan, recortan el servicio que se puede hacer. Si el criterio principal para descubrir la propia vocación fuera el gusto, lo más fácil, nadie en su sano juicio optaría por esos servicios radicales y generosos. 

 Sin embargo, también es verdad que aún estas personas que optan por esos servicios radicales, por ejemplo la vida religiosa, y renuncian con dolor en el corazón de tantas cosas, lo hacen en el fondo porque les “gusta” esa forma de servir, aunque no les gusten las renuncias que conlleva. No son masoquistas, saben bien lo que dejan y lo que no les gusta, pero les gusta servir, aunque sea así. Se trata de “gusto” pero ya en otro sentido. Es un gusto especial; es como un sexto sentido, el de las personas que han integrado y asimilado profundamente la fe en su personalidad tanto, que el propio corazón llega a vibrar y entusiasmarse ante un servicio radial, a pesar de la cruz y el dolor que encierra. Es un gusto iluminado por la fe. Es la fe la que actúa en el interior de ese gusto. Con la vocación cristiana sí que tiene que ver ese “gusto”, porque no es sino una forma de vibrar en la fe. 

La elección vocacional es mucho más que la elección profesional. 

 Plantearse la vocación cristiana es mucho más que elegir una profesión. La profesión (carrera, estudios, capacitación, colocación, formación especializada, puesto de trabajo, etc.) es algo mucho más reducido y provisional, más accidental y de menos importancia. La vocación es la opción fundamental. Es la elección de los valores fundamentales por los que quiero dar mi vida, elección que, una vez hecha, cuajará en algo más concreto, como la profesión, la carrera, el trabajo, el puesto de servicio concreto. 

 La vocación es más fundamental, más profunda. La elección profesional o de puesto concreto de servicio, vendrá después como concreción posterior. Para acertar en una elección profesional puede orientarte –no exclusivamente, desde luego– un test de aptitudes profesionales. Este test no tiene, sin embargo, la clave para orientarse en tu vocación. No puedes confiar tu vida, tu camino, tu opción fundamental, tu respuesta a Dios, a un test psicológico.  

 La opción vocacional fundamental lo es a un estado de vida, lo cual es mucho más que una profesión concreta. Es la elección más profunda y previa a todas las demás que un hombre puede hacer. Estados de vida fundamentales no hay muchos.   
Abriendo el abanico de posibilidades de opción vocacional. Las conoces ya:

El matrimonio, que supone el embarcar la propia vida con otra persona para vivir juntos una aventura de amistad y amor total (humano y cristiano, espiritual y sexual), para estar abiertos a la procreación y recibir con amor a los hijos, para estar totalmente inmerso en los asuntos y problemas de la construcción de un mundo nuevo tratando de impregnar todas las estructuras de este mundo con el espíritu de las bienaventuranzas. 

El sacerdocio, que es fundamentalmente un ministerio, es decir, un servicio a la comunidad cristiana. Para prolongar la presencia sacerdotal de Jesús entre nosotros cuando él ya no está físicamente. Para dar cuerpo a su presencia y a su palabra en nuestra sociedad. Para compartir con él la aventura y el ministerio de la salvación de los hombres, siendo puente entre los hombres y Dios. Para dar la vida en la tarea de animar y alentar la fe de los demás. Con todo lo que eso conlleva de ser portavoz de Dios, profeta que anuncia el Reino y denuncia todo lo que se opone al Reino en una sociedad injusta y materialista. Para evangelizar como Jesús, haciendo suya la causa de los pobres, los afligidos, los oprimidos,…       
   
La vida religiosa. Jesús vino con una misión universal para todos; pero quiso llamar a unos cuantos –a los que quiso– a dejarlo todo –casa, mujer, hijos, hacienda, profesión, etc– para que compartieran con él su mismo estilo de vida en la dedicación total y exclusiva al Reino. Les invitó a “seguirle”, al seguimiento de Cristo. En castidad, pobreza, obediencia, viviendo en comunidad de fe, etc. Así, los que profesan ese “seguimiento de Cristo” tratan de imitar lo más de cerca posible la opción profunda de Jesús, imitándola incluso en el estilo externo de vida, dando de lado a todo lo que aun siendo bueno, empaña la brillantez del amor de Jesús (universal, sacrificado, desprendido, gratuito, eficaz, enteramente disponible…). 

 Entre las diversas posibilidades de este abanico vocacional ha de cuajar la opción vocacional cristiana. Y después, en la misma línea, la concreción ulterior profesional.   
 Pero pasemos ya a la pregunta definitiva: ¿Cómo encontrar mi vocación cristiana? 
 Evidentemente, por lo unida que está la vocación a la fe, aquélla es, como esta, un misterio. No siempre puede verse con la claridad deseada. Es un misterio de generosidad en la respuesta a Dios. Por ser un misterio y no un problema, no es fácil darle una solución. Es una cuestión de fiarse. 

 Sin embargo, he aquí una pregunta que si la respondes con total sinceridad y desprendimiento, iluminado por la fe, te dará siempre la respuesta a aquella otra cuestión fundamental que todo cristiano debe plantearse: ¿qué quiere Dios de mí? La pregunta que te facilitará encontrar la respuesta es la siguiente: 

¿Dónde serviré yo más y mejor? 

 Fíjate bien en la pregunta, porque no sobra una sola palabra. Ni se puede cambiar ninguna. 

Serviré: si en vez de este verbo pones cualquier otro, la respuesta ya no apunta a tu vocación cristiana. Si te preguntas: ¿dónde ganaré, dónde me colocaré, dónde disfrutaré, dónde tendré más prestigio, dónde me gustará más y mejor?, entonces ya no encuentras tu vocación cristiana, sino cualquier otra cosa. Encontrarás, sí la mejor colocación, el puesto económicamente más rentable, lo que más te gusta. Pero ya sabes que eso no es la vocación cristiana. El verbo “servir”, como sinónimo especificativo del verbo amar, es aquí absolutamente necesario. 

Yo: es decir, que no se puede hacer la pregunta en forma impersonal. No te debes preguntar ¿dónde se sirve más y mejor? Eso diríamos que interesa sólo a los teólogos. Tú no tienes que ir a donde más y mejor se puede servir, sino a dónde tú en concreto puedes servir más y mejor. No tienen por qué coincidir siempre las dos cosas. Por eso, debes tener bien claro, que en cierto sentido, no hay vocaciones mejores y peores. Tú debes buscar la mayor y mejor vocación de que tú seas capaz, y la mayor y mejor para ti es la tuya, ya que las demás vocaciones no son tu vocación. Otros pueden estar llamados a un servicio mejor o mayor o más urgente que aquél al que Dios te llama a ti. Eso no importa, cumpliendo tu servicio, si haces verdaderamente todo lo que Dios quiere de ti, aunque sea poco, puedes estar haciendo mucho más que otro que, aunque aparentemente hace un servicio mayor y mejor, no hace todo lo que debería hacer. (…).

El “yo” de la pregunta es el factor que introduce la posibilidad de respuestas diferentes a una misma pregunta, a la común invitación que Dios nos hace a todos a trabajar en su Reino. Si no, todos tendríamos que responder lo mismo y tendríamos la misma vocación. ¿Dónde serviré yo más y mejor? Ese “yo” implica mi historia personal, mi educación, mi familia, mis circunstancias, mis cualidades, mis defectos, mis posibilidades, mis limitaciones, mis gustos, mis alegrías, etc. 

Más y mejor:… Hay tantos tipos de servicios cuantos tipos de necesidades. Hay unas necesidades más urgentes que otras, más importantes, más profundas, más necesarias, si cabe. Por eso, relativamente a las necesidades se puede hablar también de servicios más urgentes, más importantes, más profundos, más necesarios que otros. 

No puedes responder a la pregunta (¿dónde serviré yo más y mejor?) desde la estratosfera o desde un limbo mental. Has de responderla con realismo, con los pies en el suelo, conociendo bien la tierra que pisamos, la humanidad con la que estamos embarcados en esta única aventura colectiva. Viendo todas esas necesidades que sufren nuestros hermanos y viendo los variados servicios que se pueden prestar, si tienes verdadera fe has de encontrar tu vocación cristiana eligiendo aquel servicio mejor, mayor, más oportuno y urgente que tú puedes prestar. En primer lugar, deberás elegir el estado de vida en general por el que optas. Después deberás determinar en qué sitio, de qué manera, con qué especialización, con qué estudios, con qué preparación concreta, etc. 

¿Una vocación de entrega radical? 

Con todo lo dicho tienes todos los presupuestos necesarios para hacer una opción vocacional consciente y cristianamente. 

Pero ya sabes que la opción vocacional es una opción tan concreta y tan seria que está en juego nuestra persona entera y su futuro. Suele ocurrirnos a todos que  cuando tomamos una opción así, aun cuando decimos que queremos optar honestamente según unos criterios éticos de generosidad, tendemos a manipular nuestra opción para inclinarla al lado que nos gusta y “salirnos con la nuestra”. La opción vocacional es demasiado grave y comprometedora como para no sentir, consciente o inconscientemente, la tentación del miedo o de nuestros propios intereses o gustos. 

Puede ser que a la hora de hacer tu opción vocacional a ti también te ocurra esto consciente o inconscientemente. O sea, incluso aunque te parezca honradamente que no quieres manipular tu opción. Y sería una pena, porque significaría que después de todo tu esfuerzo no habrás dado verdaderamente con la voluntad de Dios sobre tu vida, con tu vocación. Es preciso superar este riesgo. 

Para ello se precisa una cosa. Para estar seguro de que buscas la voluntad de Dios y sólo la voluntad de Dios sobre tu vida, para estar seguro de que le buscas a él y no te buscas a ti mismo, para estar seguro de que no pones consciente o inconscientemente ninguna traba a tu verdadera vocación, es preciso que antes de elegir concretamente provoques dentro de ti una actitud de entera disponibilidad ante él. Necesitas afirmar, reafirmar y confirmar sinceramente ante ti que estás dispuesto realmente a seguir tu camino, ese camino que todavía no sabes cuál es.

Necesitas llegar a poder decirle a Dios con el corazón en la mano que nada te importa tanto como hacer su voluntad, que no te interesa ni ser rico ni ser pobre, no te importa ser ingeniero o ser barrendero, que estás dispuesto a casarte y a renunciar al matrimonio, que igual te da desempeñar un servicio brillante y arriesgado como un servicio humilde y callado, que todo te da igual (a todo eres indiferente) con tal de asegurarte de que construyes tu vida total y exclusivamente en torno a Dios y a sus valores, con tal de dar tu vida sin regatear lo más mínimo en el puesto en el que Dios y los hombres te necesitan. 

Es decir, antes de elegir necesitas algo así como firmarle a Dios un “cheque en blanco”, para dejarle en libertad de que él te pida todo lo que quiera, aunque te llegue a pedir todo lo que tienes, aunque te deje sin nada para ti, aunque después no te puedas reservar nada ya para ti mismo.



DESCRIPCIÓN DEL PROCESO DE FORMACIÓN INICIAL

Si crees que Dios te llama a ser parte de nuestra Familia misionera Sagrados Corazones, te mostramos los pasos a realizar.

1.    Discernimiento personal y acompañamiento previo. Trabajo personal (fichas) y visita a las comunidades ss.cc. y a la familia del candidato. Participación en la semana vocacional. Hacer una petición escrita solicitando ser admitido a una nueva etapa.
2.    Aspirantado, etapa que dura 6 meses y se realiza en una casa de los Sagrados Corazones en Mosquera o Bogotá.
3.    Postulantado en Quito, Ecuador, con otros jóvenes de Perú y Ecuador, al menos dos años.
4.    Noviciado, en Lima, Perú, dura un año. Con jóvenes de los países de América Latina donde está la Congregación SS.CC.
5.    Etapa de Profesos, en la actualidad tiene dos años en Santiago de Chile, luego se retorna a un país de nuestra provincia (Ecuador, Colombia, Perú), bien puede ser Bogotá. Durante este tiempo de estudios de teología, se hace una interrupción para hacer un año de experiencia pastoral. El proceso de formación inicial termina con los votos perpetuos. Luego seguirá la formación permanente y los ministerios de diaconado y presbiterado vividos en comunidad y al servicio de la Iglesia y la sociedad, para contemplar, vivir y anunciar el amor misericordioso de Dios encarnado en Jesucristo, donde nos envíen y necesiten.  
“Conocer a Jesucristo por la fe es nuestro gozo; seguirlo es una gracia, y transmitir este tesoro a los demás es un encargo que el Señor, al llamarnos y elegirnos, nos ha confiado.” Aparecida, 18.

En la actualidad estamos dedicados a servir en:
Parroquias (en Bogotá, Mosquera-Cundinamarca, Algeciras-Huila, Guaynabo-Puerto Rico; la Educación (Colegio Sagrados Corazones de Guaynabo-Puerto Rico, San Damián en Bogotá), Fundación Padre Damián que atiende a niños. Para conocer más visita nuestra web: sscccolombia.com En Perú y Ecuador, también se tiene presencia parroquial en las capitales y en los campos, como colegios.


Tres maneras de ayudar en la Pastoral Vocacional:
1.    Animar a los jóvenes a descubrir el camino que Dios quiere para ellos.
2.    Orar, por las vocaciones.
3.    Donar, para que los jóvenes que ingresan puedan seguir su proceso formativo.

A los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Honor y gloria. Amén.




Contáctenos:

Página web: sscccolombia.com  ssccperu.com  ssccpicpus.com
Facebook: ser sagrados corazones Colombia

Comisión de Pastoral Vacacional ss.cc.:
Miguel Ortega  (WhatsApp 311 5992655)
Arley Guarín
Isaac Moreno
Fabián Cifuentes 311 2697875,
Elkin Collazos
Arnoldo Fernández.

Bogotá, Calle 78 N. 62-23. Barrio Simón Bolívar.
Tel. 225 03 42.




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